Primer Plano Magazine / Noé Juan Farrera Garzón.- Antes de que las carreteras unieran pueblos y ciudades, hubo hombres que hicieron de su propio cuerpo el puente entre comunidades. Caminaban durante días por senderos de montaña, cruzaban barrancas y soportaban el peso de personas y mercancías únicamente con la fuerza de sus piernas, su espalda y un mecapal apoyado sobre la frente.
Uno de ellos fue el padre de don Francisco Velázquez de la Cruz, consejero de la Mayordomía, quien recuerda con orgullo el oficio de aquel hombre de “cepa” que recorría los antiguos caminos mulares para comunicar a Tuxtla Gutiérrez con San Bartolomé —hoy Venustiano Carranza— y San Cristóbal de Las Casas, cuando el transporte motorizado era todavía un privilegio inexistente para la mayoría.
El mecapal, una banda de cuero colocada sobre la frente y unida a la carga mediante cuerdas, era mucho más que una herramienta de trabajo. Era el soporte que permitía trasladar mercancías indispensables para la vida cotidiana y, en ocasiones, incluso personas. Cada recorrido implicaba desafiar pronunciadas pendientes, cambios bruscos de clima y jornadas que parecían no terminar, avanzando siempre a pie sobre veredas estrechas abiertas entre cerros y montañas.
Uno de los trayectos más exigentes era el ascenso hacia San Cristóbal de Las Casas. Desde aquellas tierras frías, el padre de don Francisco regresaba con productos que encontraban espacio en la vida social de los barrios tuxtlecos, entre ellos el tradicional “posh” o aguardiente de caña. Aunque su consumo era ocasional durante los convivios, transportar aquellos recipientes por kilómetros de sierra representaba una labor de enorme desgaste físico y una responsabilidad que pocos podían asumir.
Pero quizá una de las tareas más impresionantes era trasladar personas mediante el sistema del mecapal hasta San Bartolomé. Para lograrlo no bastaba la fuerza; era indispensable dominar el equilibrio, distribuir correctamente el peso y mantener un paso constante durante largas distancias. Don Francisco recuerda esa capacidad con admiración, convencido de que aquellos hombres desarrollaban una fortaleza física que hoy parece difícil de imaginar.
Aquellos recorridos no solo llevaban carbón, alimentos o mercancías. También transportaban noticias, encargos y el vínculo entre comunidades que permanecían separadas por la accidentada geografía chiapaneca. En una época donde los caminos eran estrechas rutas de herradura, los mecapaleros mantenían vivo el intercambio económico, social y cultural entre los pueblos.
Para don Francisco existe además una relación profunda entre ese oficio y las tradiciones zoques. La misma frente que durante años soportaba el peso del mecapal era capaz de sostener después el pesado penacho del Napa Popoetzé durante las danzas ceremoniales. Por ello insiste en que la cultura no puede entenderse sin el sacrificio y la disciplina de quienes la hicieron posible.
“La cultura no es un juguete”, afirma con convicción. Detrás de cada danza existían hombres acostumbrados al trabajo pesado, formados en la resistencia que imponían los antiguos caminos. Su fortaleza no nacía en la fiesta, sino en las largas jornadas de trabajo, en el compromiso de cumplir cada recorrido sin importar la distancia ni el peso de la carga.
Hoy, cuando las carreteras permiten recorrer esos mismos trayectos en pocas horas, resulta fácil olvidar que durante generaciones la comunicación entre pueblos dependió exclusivamente de hombres como el padre de don Francisco Velázquez. Ellos no solo transportaban mercancías: cargaban la economía, las tradiciones y la memoria de un Chiapas que aprendió a vencer su geografía caminando.
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