Editorial Péndulo de Chiapas

Aunque a un ritmo menor al que todos desearían, la intensidad de la pandemia de Covid-19 en México ha ido disminuyendo desde el mes pasado. El fin de la época de frío y el avance de la campaña de vacunación con los biológicos aprobados para prevenir la infección grave del nuevo coronavirsu empiezan a surtir efecto, aunque de manera lenta.
Ello ha permitido dar un respiro a la agobiada economía y permitir la reapertura –parcial y con restricciones– de algunas actividades.

Sin embargo, el retroceso de la pandemia es aún incierto e incipiente, por lo que cualquier relajación en las medidas sanitarias recomendadas –distancia social, lavado de manos frecuente y el correcto uso de cubrebocas– podría dar por resultado un rebrote que, en presencia de las nuevas mutaciones del coronavirus, sería inevitablemente desastroso.
Estas consideraciones resultan particularmente relevantes en el contexto del puente y en vísperas del periodo vacacional en las escuelas por la Semana Mayor, del 27 de marzo al 12 de abril.

Si bien es cierto que las clases presenciales siguen suspendidas en prácticamente todos los establecimientos educativos de todos los niveles, la interrupción de las virtuales significará una presión adicional en los hogares de los alumnos que han podido seguirlas e impulsará a muchos a desplazarse de sus lugares de origen, en viajes que implican de manera inevitable momentos de contactos interpersonales cercanos que resultan contrarios a las necesarias medidas de sana distancia.
Resulta fundamental, por ello, insistir en que la intensificación de las reuniones y los contactos sociales conlleva el peligro real de una intensificación de los contagios, como pudo constatarse en forma por demás dolorosa y trágica tras las festividades decembrinas, a fines de enero de este año, cuando las infecciones, las hospitalizaciones y los fallecimientos alcanzaron cifras muy superiores a las del acmé epidémico de mediados de 2020.

Es necesario, en consecuencia, que el periodo vacacional próximo no se traduzca en un relajamiento de las disposiciones y prácticas sanitarias, por lo que para lograrlo resulta fundamental la colaboración de las autoridades de los tres niveles, del sector privado –especialmente, del turístico y del transporte terrestre y aéreo–, de la Iglesia católica y de la sociedad en su conjunto.
Debe acatarse la recomendación de la autoridad sanitaria federal en el sentido de evitar reuniones de Semana Santa que rebasen el núcleo familiar y mantener en todo momento la sana distancia.
Resulta indudable que existe fatiga social, penuria económica y desgaste sicológico ante lo prolongado de la pandemia y las medidas para mitigar los contagios, pero las consecuencias de ignorar la vigencia del peligro epidemiológico en todo el territorio nacional serían más dolorosas que mantener la disciplina por unos meses más.

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