Toreando automóviles

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POR ORNÁN GÓMEZ

Señor K, tío Élmer quiere hacerse luz. Montar sobre el viento ardiente e ir a donde lo esperan la abuela Gloria, los tíos Alejandro y Martha. Quizá por eso cerró los ojos, y dejó que esa enfermedad empezara a menguar sus fuerzas y deseos de vivir. Por eso el tío se quedó sobre esa cama angosta de hospital, donde los médicos le inyectan antibióticos y medicamentos. Pero las medicinas no hacen efecto, porque sólo revitalizan el cuerpo. Y lo que el tío tiene cansado, es el espíritu.
Yo pienso que usted podría hablar con él. No le costaría detenerse en ese mundo de luz, donde el tiempo ni el espacio existen. Allí, seguro que tío Élmer se mira niño, adolescente y hombre. Desde allí observa su vida como en una película. Mira a sus padres, hermanos y amigos. La silla de ruedas con la que recorrió kilómetros de calle. Con la que vivió historias que sólo él conoce. Y, seguro, siente una paz infinita. Y allí quiere quedarse en espera del viento que lo llevará más allá de la geografía de este mundo.
Allí, señor K, tío Élmer camina erguido. Orgulloso de sus piernas que lo llevan de aquí para allá. Y sonríe al pensar que cuando mire a la abuela, ella le besará la frente. Le dirá que lo extrañó todos estos años en que ella estuvo ausente en esa casa, donde el tío enfermó de tristeza.
Pero antes, señor K, usted que puede llegar a donde él está, ¿podría decirle que le mando un recadito? Dígale que aquí afuera, en este patio llamado vida habitado por lamentos, ruidos metálicos de automóviles, pasos presurosos de personas que van del trabajo a casa, llantos de mujeres y hombres, y sonrisas de niños, lo estamos acompañando para que dé ese salto que lo lleve al comienzo de la vida.
Que, pese a estar tristes, también estamos felices porque la vida lo eligió a él para conocer el otro patio. Que, aunque duela, celebramos su partida. Que no se detenga por nadie. Que nosotros nos ocuparemos del abuelo y la tía que nos queda. Que la casa, pese a extrañarlo, se acostumbrará a su ausencia física.
Pero antes, señor K, dígale que no le lloro. Que no me atormento, porque supongo que en esa inconsciencia en la que se encuentra, está buscando convertirse en luz. Un filamento que luego iluminará los ojos cansados del abuelo que llora como niño. ¡Mi hijito lindo!, grita mientras la gente va y viene con normalidad. ¡Llévame a mí, mi Dios!, se queja. Pero no será así, porque la vida sabe a quien premia con el descanso.
Dígale que lo pienso sonriente, porque recuerdo nuestras correrías por esta ciudad alcahueta.
Recuérdele que, ahora mismo, mientras le lloran, yo recuerdo su silla de rueda como potro brioso. Pregúntele si recuerda aquellas noches que, a bordo de la silla, lo llevé a conocer los bares de esta ciudad. Y que allá, en los rinconcitos, cantamos, reímos y planeamos hacernos con el mundo, porque él y yo éramos soñadores. Cuéntele que no me olvido de sus consejos. Respeta a tu madre, decía. Cuida a tus amigos. Quiérelos. Sé fiel a tu palabra. Y mientras lo decía, dábamos cuenta de más cervezas. Y luego, cuando salíamos del bar, él y yo corríamos por las calles de la ciudad, porque estábamos felices de estar ahí.
Señor K, pregúntele si recuerda cuando íbamos a volcarnos allá por la presa Chicoasén, porque yo pensaba que la vida no valía nada. Y él, mi fiel escudero, no me dejaría morir solo, dijo. Y allí íbamos, a más de cien kilómetros por hora, cuando solté el volante y dejé que el coche avanzará hacia las aguas negras.
Pero el tío Élmer fue sabio. Supo que yo estaba dispuesto a todo, pero también supo que yo merecía otra oportunidad. Por eso tomó el volante y viró hacia un lado para evitar caer al precipicio. Esa noche, dentro de aquel auto, lloramos como niños. Él por mi, y yo porque sentía que la vida no tenía sentido. Y luego del llanto, nos quedamos callados y seguimos avanzando sobre aquella carretera solitaria. Y a la semana, cuando volvimos a casa, mi madre y mis abuelos, más que regañarnos, empezaron a reírse por la forma en que aparecimos: ojerosos, sin peinar, demacrados, pero con el espíritu alegre.
Coméntele que, más que mi tío, es mi hermano. El único capaz de comprender mis tormentos, y que por eso le estoy agradecido. Que no olvidaré que siempre estuvo a mi lado. Que su mirada lo hacía ver como hombre de fiar. Que no piense en nosotros, sino en él. Que no se apiade de nosotros, porque estaremos bien. Que le toca decidir si irse o volver. Que, pese a que los médicos dicen que no hay esperanza, porque de un momento a otro la vida escapará de sus pulmones, él puede volver si así lo desea. Y si decide no hacerlo, dígale que no hay problema. Que no se preocupe. Que se adelante un poquito a ese lugar donde nace el sol, y a donde llegan las almas libres. Que más tarde lo alcanzaré para reír y seguir toreando automóviles.
Pídale que no tema, señor K. Que cierre los ojos y salte al vacío. Que, aunque todos quieren que despierte, yo sé que él no quiere porque su deseo era apagarse desde aquella noche en que, mirándome a los ojos, me dijo, Sobrino, lo que yo deseo es morirme. Lo abracé fuerte. ¿Por qué?, le pregunté. Por que es jodido llevar esta vida pegada a esta silla de ruedas. Lo abracé más fuerte. Yo quiero bailar. Correr. Tener hijos. Y ambos empezamos a llorar. Dígale que recuerdo que esa noche, después de abrazarlo fuerte, marqué un corrido de los que le gustaba, y lo llevé a bailar a bordo de la silla. Que en el bar fuimos el centro de atención. Y que muchos se levantaron de sus sillas y bailaron con nosotros. Y luego se pelearon por pagarnos la cuenta. Y no contentos con eso, mandaron a llamar a un par de muchachas para que siguiéramos bailando. Que así, feliz, es como lo recuerdo y lo voy a recordar, si decidiera irse.
Que estoy contento por el tiempo que vivimos juntos. Y que ahora que está sobre la cama, inconsciente, es cuando recuerdo el día en que me dijo, Sobrino, voy a dejarme morir. Y yo le dije que estaba bien. Que, si era su decisión, no había detalle. Por eso cuando enfermó no quiso que lo lleváramos al médico. Ya no, decía, cuando le metían todas aquellas medicinas al cuerpo. Sobrino, sálvame de este infierno. Vámonos de parranda. Extraño nuestras salidas, me decía, mientras en sus labios se dibujaba una sonrisa débil.
Por eso no quiere no quiere volver de ese lugar luminoso donde espera a ese viento rebelde, de lomo ardiente, que lo llevará con la abuela. Llegará cansado, pero el viaje valdrá la pena porque allá no habrá dolor ni preocupaciones. Allí correrá sin necesidad de la silla de ruedas que lo acompañó estos cuarenta y tantos años que estuvo con nosotros.
Pero si decide volver, dígale, señor K, que no la tendrá fácil, porque voy a llevarlo, de nuevo, a los bares, para que después de bailar y cantar, volvamos a torear coches.

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