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Buenos días Chiapas

Por: Jorge Alejando Ochoa Pola.

Apenas hacía ocho días que lo habían diagnosticado con una aparente pulmonía. Nadie asimilaba cómo una persona joven y saludable como Rodrigo había muerto tan deprisa. Al principio no había quien entendiera algo. Ni siquiera pudimos velarlo. Así es como recuerdo mi primer encuentro cara a cara con el nuevo mundo que asomaba.
Las primeras noticias de los contagios masivos provenían del otro lado del mundo, de China. Al parecer se trataba de un virus mortal que había mutado a partir de un animal. Luego se confirmó que fue creado por el hombre, para después “escapar” de un moderno laboratorio. Nunca se supo.
Ahora a nadie le importa como comenzó. Con tantos muertos regados por ahí, carece de sentido tratar de averiguar su origen o la finalidad de su brote en la tierra. Nadie pregunta.
El virus llegó a nuestra vida cuando más débiles nos encontrábamos. Nunca se había vivido una época tan extraña, pues si bien era cierto la humanidad había alcanzado increíbles logros científicos y humanísticos, también se encontraba colmada de indiferencia y banalidad. Habitaba una creciente humanidad, mayormente empeñada en el desprecio por la realidad y rebasada por la falta de sentido común. Un mundo que básicamente era “virtualmente tonto”. Así nos encontró. ¿Qué podíamos hacer?
Al principio hubo pánico masivo. Nuestras primeras ideas de defensa fueron absolutamente rudimentarias y nos encerramos en casa con familiares y mascotas para evitar el contagio y así intentar salvar nuestras vidas. Posteriormente utilizamos cubrebocas, sustancias antibacteriales y termómetros; a éstas se le sumaron suspensión de eventos; cierre de oficinas, escuelas y negocios, según para evitar contagios por reuniones y aglomeraciones. Nadie sabía qué hacer. Éramos unos ingenuos.
Rodrigo recién había salido de un largo encierro con su familia, cuando fue diagnosticado por una doctora que minimizó su mal y lo mandó de nuevo a casa, como a muchos otros. Pasados ocho días ya no estaba con nosotros, había muerto sin más. ¡Me llené de rabia y envidia Rodrigo! ¡De haberte quedado, también te hubiera tocado como a mí, ver cómo se resquebrajaba el mundo!
Al poco más de un año finalmente llegaron las vacunas salvadoras, de diferentes tipos y empresas. Los gobiernos se apresuraron a realizar campañas de vacunación masivas. Como ocurre siempre, fueron los más privilegiados quienes primero las obtuvieron, después siguieron los grupos vulnerables de ancianos y enfermos, luego los más jóvenes, los niños y finalmente, creo, todos los demás. Yo me vacuné como la mayoría, en mi país y cuando me tocó.
Después de las vacunas, el virus arremetió con mayor ferocidad. Al siguiente año vino otra ola, otra y otra más; hasta que ya no pudimos distinguirlas. Las curvas nunca se aplanaron, nada volvió a la normalidad.
Cumplidos tres años y medio, después de las milagrosas vacunas y de la incesante oleada, por fin sentimos un respiro. Las autoridades sanitarias y gobiernos del mundo anunciaron victoriosamente que el virus por fin estaba controlado. Les creímos.
Creímos también que nuestras vidas volverían a ser las de antes. Contábamos los muertos y no eran tantos, en proporción a la población mundial y a los decesos ocasionados por otras atrocidades, según nos repetíamos. Reducimos vidas humanas a fríos porcentajes. Nos sentimos aliviados. Ahora si habría tiempo para velar con calma a los nuestros. Esa fue nuestra última equivocación.
Ni bien pasados diez meses de falsa tregua, empezaron las señales. Los primeros fueron los recién nacidos que no sobrevivían más de tres o cuatro días. Al poco tiempo todos empezaron a morir atroz e inesperadamente sin síntomas previos y razones aparentes. Aquello finalmente se convirtió en una mortandad global provocada por el mismo enemigo. El virus al final no solamente atacó a los vulnerables de salud o de edad; o en razón de la época del año en tierras cálidas o heladas. Atacó a todos. Mató a todos.
Los estudios daban cuenta de que fuimos el envase de nuestra propia destrucción. Los últimos interesados en el caso revelaron que fueron nuestras propias vacunas las que terminaron por aniquilarnos. Los primeros bebés de la generación vacunada nacieron sin un sistema inmune contra el virus, siendo ellos quienes, durante su corta vida, además trajeron consigo una cepa totalmente invulnerable a nuestra ciencia. Cepa gestada en la misma bolsa materna, de tal forma que las madres, involuntariamente, concibieron muerte a través de cada vida engendrada.
El renovado virus fue implacable. Armado de invisibilidad, por la carencia de síntomas previos que anunciaran su presencia, se alojaba en los vacunados, instalándose precisamente en los nuevos anticuerpos, que por gracia de las benditas vacunas ya poseían, infectando a todos los demás. En menos de dos o tres días destruía velozmente los órganos, asesinando irremediablemente a cualquier infortunado que lo hubiese contraído. Cuando se daban cuenta del contagio, la muerte era inevitable. En pocos días casi todos estaban muertos. Nunca tuvimos oportunidad. El mundo entero se pudrió en un santiamén.
Hoy ya no hay mundo como lo conocimos. Los pocos que sobrevivimos (¿quién sabe por qué?) vagamos en silencio, sin alma ni rumbo. Ahora tenemos mucho aire limpio, una imponente naturaleza, amplios espacios, quietud, equilibrio y tiempo para hacer de todo, pero ya nada de eso importa.
A veces pueden pasar semanas para encontrarnos con alguna persona viva. Supongo que ya no quedamos muchos. Si nos cruzamos en algún lugar, apenas y nos miramos, nunca nos reconocemos. Ya no hay saludos o abrazos, no nos acercamos, ni siquiera hay palabras; tampoco hay temor o dolor, solamente hay silencio e indiferencia. Es un mundo de solitarios huérfanos en el que rige la desesperanza.
La vida continúa, no como la solíamos vivir, pero continúa. Ahora estamos de rodillas, en cenizas. Fue todo tan rápido que ya no velamos a los muertos, tan solo los lloramos, quemamos y olvidamos. Ya no hay nada, ni siquiera sabemos si aún hay virus.
Muchas veces con Rodrigo especulábamos sobre cómo sería estar solos, sin un tedioso trabajo o ataduras familiares y sociales ocupándonos la vida. En nuestra soberbia, infantilmente fantaseábamos acerca de las ventajas de interactuar lo menos posible con otras personas, aislarnos y así no tener que aguantar los alcances de la estupidez humana. ¡Qué absurdos éramos! ¡No teníamos ni la menor idea de lo que hablábamos entrañable amigo! Ahora sé que la estupidez, aunque no sea tuya, siempre se termina pagando y te alcanza, te escondas en donde te escondas.

Fin.

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