Quién es Quién/OBRADOR, EL ZAPATISMO Y EL KARMA/Noé Farrera Morales

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í, por supuesto que el EZLN tiene derecho de expresarse. Lo tiene tanto, como tanto ha contribuido a la construcción de un país con más justicia, dignidad y democracia. Lo tiene, tiene el derecho, como lo tuvo el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, en sus mejores tiempos de crítico del sistema y opositor a los gobiernos espurios que tanto reprobó.
Lo tiene tanto, como tanto ha contribuido también a la construcción de una nueva visión de la política, a la renovación del ejercicio del poder y la transformación nacional. Es por mucho, un político que se ha esforzado por conservar la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se propone y lo que se dispone. A recorrido como nadie más el país, en cada uno de sus municipios con una bandera de paz, crítico sí, pero con propuestas de reconciliación, incluso con quienes ha sostenido diferencias relevantes.
Tanto la dirigencia del zapatismo, como el propio Andrés Manuel, están obligados a reconocer que este momento, lo que México necesita son propuestas significativas para el bienestar nacional, más allá de confrontaciones estériles. Ambos, desde lo individual y desde lo colectivo, representan dos movimientos protagónicos para un país que no logra trascender aún el rezago social, la pobreza extrema, las desigualdades y la concentración de la riqueza en unos cuantos.
No obstante, todo indica que, al artífice de la Cuarta Transformación, al hacedor de la esperanza electoral de millones de mexicanos, al ungido por el color de la tierra, quiérase o no, el karma le ha alcanzado. Un karma que no debe significar el inicio de una polarización de intereses, mucho menos renunciar a los principios de la política para ir al encuentro del autoritarismo, por un lado, o la intransigencia por el otro. Se trata más bien, de aprender a coincidir en las diferencias, de reencontrar nuestras visiones, efectivamente, en un mundo donde pueden caber muchos mundos.
No debe olvidar nuestro presidente Andrés Manuel López Obrador, que, siendo jefe de gobierno de la Ciudad de México, acuñó un estilo irreverente hacia el gobierno federal encabezado por Vicente Fox con la ya famosa frase: ¡cállese chachalaca! Muchos celebraron tan efusiva expresión, muchos otros la reprobaron.
Hoy, el vocero del EZLN está en su derecho de recurrir a los recursos del lenguaje, sobre todo cuando ha sido la palabra su mejor arma y recurso de resistencia. Si algo debemos reconocer al zapatismo, es precisamente haber hecho de la palabra un instrumento vivo de esperanza que trascendió fronteras y mostró al mundo la posibilidad de un renacer de las resistencias y las utopías.
Hoy, AMLO está frente al desafío de la democracia o el autoritarismo. México no puede ni debe regresar al pasado que tanto hemos aborrecido. A la intolerancia o al rencor, mucho menos a la persecución de las ideas. Podemos y debemos aspirar a una mejor democracia, a la del primer mundo, a la que integre nuestras múltiples raíces y consolide nuestra evolución como nación que se reconoce en el umbral de un nuevo tiempo.
Es hora de apostar a los equilibrios, de comprender que somos diferentes y que México, ha dejado de ser ese país de mudos y sordos para ser la nación de los millones que son capaces de generar los más grandes tsunamis políticos.
Bienvenida la crítica, bienvenida la inteligencia, la imaginación y el poder que sirve a la gente.

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