Ornán Gómez

Mi hijo quiere aprender a leer, dijo Noé Pérez mientras hacía avanzar a un peón en el tablero de ajedrez, señor K. ¿Qué hago?, preguntó y ofreció respuesta. Le doy a leer oraciones completas al estilo La casa está pintada. Mientras hablaba, imaginé a su hijo como un niño calladito, temeroso.
Moví un alfil con la intención de encerrar a su rey y concretar la estrategia para el jaque mate. Noé es risueño y conversador. Me capturó un peón con otro, con lo que dejó a su reina si protección. Cuando lo notó, la reina caía bajo el acero de mi alfil.

Mira, dije con la mirada puesta en su torre que tenía la intención de contratacar a mi alfil. Paulo Freire sugería leer frases completas, como haces con tu hijo. Incluso, dije con aire de doctor en educación, sugería que las frases se asociaran con imágenes propias de la cotidianeidad de los estudiantes. E iba a seguirme con un rollo sobre alfabetización y educación bancaria que expusiera el brasileño en sus libros Alfabetización: lectura de la palabra y lectura de la realidad y Pedagogía del oprimido, de no ser porque mi amigo dijo jaque.
A mi rey lo amenazaba un caballo que dejé pasar porque sentí que no representaba peligro. Sin embargo, en el ajedrez nada es producto de la casualidad. Todo tiene un orden, una lógica. Quien se duerme, se lo lleva la corriente. Mientras conversábamos, Noé movió con sigilo sus piezas y ahora tenía un caballo y un par de peones con la intención de coronarse.

Miré el tablero e imaginé un terreno de batalla. En mi cabeza resonaron gritos de auxilio y relinchos de caballos asustados. Entre el griterío, voces fuertes, como el estampido del trueno en un cielo oscuro, daban órdenes: ¡Avancen! Los jinetes se movían de aquí para allá empuñando lanzas o espadas filosas con las que atravesaban los cuerpos lánguidos de aquellos peones de ojos saltones y demacrados.
Moví al rey a la línea siete y contraataqué con la reina. Noé movió un peón y yo el caballo con el que capturé a un peón. Quiso reponerse moviendo un alfil por el flanco izquierdo, pero justo en ese movimiento perdió la torre que minutos antes amenazara a mi rey. ¡No lo vi! ¿Qué hice?, se reprochó cuando notó que había perdido la mayoría de sus piezas fuertes. Mientras se reprendía, yo afinaba la estrategia para encerrar a su rey.
A mi hijo le leí desde que estaba en el vientre de su madre. Hablaba con él. Si íbamos al mercado, le contaba lo que miraba. Antes de dormir, le contaba historias. Le hacía preguntas porque tenía la certeza de que me escuchaba. Cuando nació, le compré libros con muchas imágenes. Dejé que jugara con mis libros y con aquellos que les compraba. Los mordía. Los tomaba de alguna página y los arrastraba por la casa. Se trepaba a su carriola e iba al librero y tiraba los libros que encontraba a su paso.
Más tarde, cuando empezó a balbucear, mirábamos los libros juntos y le inventaba historias. Le decía el nombre de los animales y Eduardo los imitaba haciendo ruidos.
Aunque yo deseaba que se hiciera lector, no me preocupaba tanto. Yo quería que con los libros desarrollara su léxico. Y eso pasó. Mi hijo no hablaba, pero era un cotorro balbuceando. ¡Exacto!, dijo Noé. Es lo que quiero. La escuela enseña a repetir frases. Los entrena para que reconozcan los símbolos, pero no para que los comprendan, enfaticé con aire de maestro universitario.

Así es, pero quiero que mi hijo aprenda a leer. Quiero ayudarle. Lo sentí desesperado e imaginé, de nuevo, a un niño calladito, temeroso del mundo.
Jaque mate, dije cuando Noé estaba sopesando la posibilidad de encerrar a mi rey con la torre que le quedaba y con un par de peones. Se quedó mirando el tablero como si tratara de encontrar una salida para su rey que agonizaba ante los cascos de mi caballo y la mirada hosca de una reina engreída.
Estábamos en el café de Garduño, llovía y hacía frío. Tu hijo aprenderá a leer cuando sea el momento. Lo que haces es muy bueno. Garduño iba a cerrar el local y Noé quería la revancha. Vamos a mi casa. Allá seguimos jugando, dijo.
Apenas llegamos, nos recibió un pequeño. Me llamo Freddy Daniel y en mes y medio cumpliré seis años, se presentó con Nallely quien nos acompañó. Haré fiesta en el patio, volvió a decir y yo me quedé pensando en que la imagen que me hice de él no coincidía con lo que veía.
Mientras Noé preparaba té, Freddy Daniel sacó un rompecabezas que armó en menos de dos minutos. Se lo sabe de memoria, pensé. Se lo tendió a Nallely para que lo armara y ella se llevó casi una hora.

¿Van a jugar ajedrez? Me preguntó. A mí me fascina, y empezó a nombrar las piezas: peones, torres, caballos, alfiles, reinas y reyes. Este se mueve así, dijo señalando al peón, en tanto se reía que Nallely no podía con el rompecabezas de la república mexicana.
Mientras lo miraba, tuve la certeza de que aquel pequeño estaba más allá de la lectura de libros. Leía el mundo, según Freire.
Papá, yo también quiero té, afirmó. Fue por un libro y lo abrió. Los dinosaurios me gustan. Recordé que mi hijo sigue siendo adicto a los dinosaurios. En una ocasión que lo llevé al parque de la ciencia allá en Tuxtla, trabó amistad con un chico mayor a él. El tema que los unió fue el de los dinosaurios. Ambos sabían el hábitat de cada uno, así como la fecha de su extinción.
Freddy Daniel empezó a nombrarlos. ¿Cómo sabe?, pensé. A esas alturas, el pequeño fue por más rompecabezas y otros juegos que puso sobre la mesa, en tanto Nallely batallaba para colocar a Sonora en aquel rompecabezas.
Mientras Noé hacía esfuerzos para librar el mate después de perder la reina, tuve la certeza de que Freddy Daniel aprendería a leer en un par de meses. Y lo haría por sí solo. La decisión ya lo tenía. Por el momento, mi amigo podía darse por bien servido. Tenía un hijo hábil que ya había empezado a leer el mundo.

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