Mundo Raro- A propósito de Tenemos que hablar de Kevin

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Ornán Gómez

Señor K, el tipo se dirige hacia el patio con pasos cortos, seguro de saberse en su espacio. La casa de dos piezas está frente a un lago que le brinda una vista de envidia. En la sala, preparándose para salir, su esposa va de aquí para allá. Se detiene y la contempla. Alta y rubia. Ha viajado por el mundo para hacer crecer su empresa.
Suspira.

La recuerda joven y haciéndole el amor. Nada de hijos, afirmaba ella porque no quería renunciar a los viajes. Viajaba a países de Europa, Asia, África, América porque luego los promocionaría en su revista para viajeros.

El tiempo pasó y ahora están grandes. Más de cincuenta, se dice y sopesa sus brazos flácidos. Ve su reflejo en el cristal que divide el patio de la casa. Frente amplia y ojos pequeños. Un poco encorvado por la edad. Sonríe.
Una noche salió para vender una casa a las afueras de la ciudad. Cuando volvía, el coche se le averió. No supo qué hacer, porque no encontró ningún teléfono y el móvil se apagó por falta de batería. Fue esa noche, se repite. Ella no quería. ¿Por qué lo hizo? Caminó y llegó a casa de madrugada. Ella lo esperaba con los nervios de punta. ¡Dónde estabas!, le espetó.

En ese entonces discutían por dos motivos. Por los viajes de ella y porque, tras un par de años de casados, ella no quería embarazarse. Los hijos son la cúspide del amor, se repetía él. Pero ella pensaba que los hijos mutilaban los sueños, e impedían el crecimiento personal y profesional. Sinónimo de esclavitud. La mujer renuncia a sus sueños. Ahí estaban sus amigas como ejemplo.
No lo soportaría, decía con una mueca de desconcierto. Además, el embarazo te deforma. Te hace parecer como una vaca gorda. ¡No quiero hijos!, decía terminante, mientras que él se mordía los labios.

Pudiste llamar para decir que vendrías tarde, continuó. Él intuyó que en aquel coraje había preocupación. Miedo a perderlo. Le tomó las manos. El coche se descompuso y no había manera de llamarte. El celular murió. Hice el trayecto a pie. ¡Estoy muerto!, dijo sonriendo. Ella lo abrazó. Perdón. Pensé lo peor. Lo besó en los labios. Perdón, repitió.

Caminaron a la habitación porque de pronto sintieron ganas de saberse más juntos que nunca. Rodaron sobre la cama amplia, cubierta con sabanas blancas. Entre besos y risas se fueron despojando de la ropa. Ella quería sentirse poseída y él estaba algo cansado. Fueron kilómetros los que caminó en la oscuridad de la noche.
La penetró. Las manos eran garras de lumbre. De pronto él se detuvo. Ella sonrió. Tranquilo, dijo. No dejaba que eyaculara dentro, pese a llevar un dispositivo. Me lo quité, afirmó ella, y él se quedó sorprendido. ¿Había decidido darle un hijo? Continúa, dijo mientras lo besaba en los labios.
Sus embates eran fuertes, como si deseara meterse muy dentro. Ella empezó a recriminarse. Soy una tonta. No debí hacerlo. ¿Y si quedó embarazada? Sería el fin de mi vida. No quiero. Cuando iba a decir que se detuviera, él gimió y ella disimuló una lágrima.
Al fin, ella salió de casa. Le mandó un beso con la mano. Era bella y fuerte porque, pese a todo, aceptó someterse a los hijos y renunciar a sus sueños.
Cuando el médico le dijo que estaba embarazada, lloró de amargura. ¡No quiero! Cuando se lo comunicó a él, los pleitos se recrudecieron. Ella siguió viajando como para huir de aquella realidad, porque se aborrecía por aquel arrebato.
De nombre le pusieron Kevin y entre ella y él, la relación era compleja. Él destruyó mi vida, pensaba ella. Quizá por eso, cuando quiso quererlo, fue tarde. Kevin sabía del odio que su madre le profesaba, y buscó vengarse.
Años después, nació Celia.

Él siguió caminando hacia el patio donde había un árbol enorme. Por allí deberían estar Kevin y Celia, quien había perdido un ojo. Su mujer creía que Kevin provocó que la hermana quedara ciega.

Ahora los pleitos eran mayores. Su mujer creía a Kevin capaz de todo. ¿No fue él quien hizo desaparecer la mascota de Celia? ¿Quién manipulaba a algunos chicos del colegio? ¿Quién se mofaba de las chicas? ¿Quién destruía sus fotografías de viaje?
Llegó al patio y lo que vio lo dejó horrorizado. En el tronco, Celia tenía los brazos en forma de cruz y una flecha le atravesaba el pecho. Un poco más allá, Kevin lo apuntaba con el arco que le regalara en su cumpleaños. Contradiciendo a su esposa, lo inscribió a una escuela de tiro. Quiso decir algo, pero ya no pudo. Una flecha le atravesó la garganta.
Mientras boqueaba, su hijo se le acercó y lo miró con despreció. Ella tenía razón. Kevin era capaz de todo. ¿De dónde le nació ese odio? Recibió otra flecha en la pierna y en el pecho.
Más tarde, Kevin asesinaría a cinco estudiantes, una profesora y otra persona más. Sin embargo, el padre ya no sabría nada.

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