Editorial Péndulo de Chiapas

La Secretaría de Relaciones Exteriores informó ayer que México está atendiendo solicitudes de refugio de ciudadanos afganos y en particular las de mujeres y niñas que buscan salir del país después de que el Talibán tomara la capital, Kabul, y precipitase la huida del gobierno apoyado por Washington. Según anunció el canciller Marcelo Ebrard, el embajador de nuestro país en Irán, Guillermo Puente Ordorica, colabora activamente para ofrecer refugio a quienes así lo soliciten, gestión que fue elogiada por la oficina local del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) como “una muestra más de la solidaridad de México con las personas que requieren protección internacional”.
La importante distancia geográfica, las barreras culturales y lingüísticas, así como la falta de lazos históricos significativos entre México y Afganistán hacen pensar que el flujo de personas refugiadas no será abundante. También apuntan en este sentido las dificultades experimentadas por las potencias occidentales para evacuar de la nación centroasiática a sus connacionales y a los afganos que colaboraron con ellos, quienes temen por su integridad tras el derrumbe del régimen pro occidental: en el caso de Estados Unidos, apenas logró evacuar a 2 mil personas entre el martes y el miércoles, de las cuales 325 eran ciudadanos estadunidenses.
Es también previsible que la loable actitud del Estado mexicano genere reacciones adversas entre sectores xenófobos, islamófobos, clasistas o simplemente ignorantes, reacciones que dicen criticar una decisión del gobierno federal, pero que en realidad atentan contra principios humanitarios elementales.
Sin duda, el escenario deseable pasa por despejar las fobias a los extranjeros, en este caso afganos, y que las muchas o pocas personas de esa nacionalidad que lleguen a México encuentren aquí las mejores condiciones para rehacer sus vidas. Asimismo, cabe hacer votos por que el régimen talibán honre su palabra de conducir un gobierno moderado, en el cual no se repitan las atrocidades contra las mujeres, las minorías sexuales, las expresiones culturales, el periodismo y la libre expresión que caracterizaron su paso por el poder entre 1996 y 2001, y que le valieron la condena unánime de la comunidad internacional.
En la medida en que los nuevos gobernantes de la nación asiática quiten justificación a los temores de que han vuelto a Kabul idénticos a sí mismos, los afganos podrán retomar sus actividades en paz y los flujos migratorios perderán su razón de ser.

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