Editorial Péndulo de Chiapas

El lunes pasado, después de que el Colegio Electoral de Estados Unidos ratificara la victoria electoral de Joe Biden, el presidente Andrés Manuel López Obrador envió al demócrata una carta de felicitación por su triunfo en los comicios del 3 de noviembre.

Saludar al presidente electo es una formalidad que muchos gobernantes realizaron en días posteriores a las elecciones, pero que el gobierno mexicano decidió postergar hasta que existiera un resultado oficial de acuerdo con las leyes del país vecino.

En torno a la dilación de este reconocimiento se montó una campaña de golpeteo político para presentarla como un acto de irresponsabilidad diplomática y dar por hecho –sin sustento alguno– que dañaría la relación bilateral, con base en el supuesto pueril de que la tardanza en la felicitación sería vista como una ofensa y generaría un rencor permanente en el próximo habitante de la Casa Blanca.

La realidad es que, independientemente de que los presidentes de Estados Unidos sean republicanos o demócratas, institucionales y comedidos, como Biden, o vociferantes, como Trump, todos ellos se apegan a una política de Estado de muy larga data, caracterizada por el expansionismo, el colonialismo, el saqueo, la aplicación extraterritorial de las leyes y la intromisión en los asuntos internos de las demás naciones. El mandatario electo en noviembre no sólo no ha dado señal alguna de distanciarse de tal política sino que se mostró como un entusiasta impulsor de sus postulados durante los ocho años en que ejerció la vicepresidencia, así como en sus declaraciones durante y después de la reciente campaña electoral.

Con estas consideraciones en mente, resulta claro que los jefes de Estado de México, tienen la responsabilidad de procurar un cuidadoso equilibrio entre la preservación de la soberanía nacional y el desarrollo de relaciones lo más armoniosas que se pueda con una superpotencia a la que estamos vinculados por una frontera común que es de las mayores del mundo, pero también por una estrecha y creciente vinculación económica y por una población mexicana o de origen mexicano de decenas de millones que vive en territorio estadunidense.

Cierto es que la relación bilateral experimentará modificaciones con la llegada de Biden a la presidencia y su programa, su ideología y su personalidad introducirán cambios en la manera en que se ve a México desde el poder público en Washington.

En primer lugar, debe reconocerse que el demócrata tiene posturas más sensatas en materia migratoria, y su retórica en ese asunto dista del tono agresivo y difamatorio usado por el magnate republicano. Por otra parte, debe tenerse en cuenta que el fin del aislacionismo impulsado por Trump en política exterior representará, de manera casi inexorable, el regreso de un intervencionismo más acentuado. Es posible, por ello, que el relativo respiro que supuso el escaso interés del presidente saliente por los asuntos internacionales será remplazado con las tradicionales presiones injerencistas.

Al respecto, es alentador que el presidente López Obrador enfatice en su carta “el respeto a nuestras soberanías” y “los principios básicos de política exterior establecidos en nuestra Constitución; en especial, el de no intervención y autodeterminación de los pueblos”. Al haberse abstenido escrupulosamente de intervenir en los asuntos internos de Washington, el actual gobierno mexicano cuenta con la autoridad moral para fincar en ese respeto el fundamento de la relación.
Tal vez el desastre interno que heredarán Biden y la vicepresidenta Kamala Harris, con una sociedad polarizada como no lo había estado en siglo y medio, deje a los demócratas poco margen para priorizar la política exterior. Sin embargo, la relación con México reviste un carácter especial –para bien y para mal– y cabe hacer votos por que Biden entienda el mensaje enviado el lunes, y su gobierno se avenga a respetar la soberanía mexicana.

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