Mundo Raro

Ornán Gómez

Señor K, me dolía la cabeza por el desvelo. Quise leer en el sillón, pero no pude. Andaba bostece y bostece, pese a que Salvar el fuego de Guillermo Arriaga, premio Alfaguara 2020, me tiene entretenido. Conocí a Guillermo con Un dulce olor a muerte que encontré en una biblioteca escolar.
Cabeceé en el sillón, tratando de encajarle los dientes a Salvar el fuego, novelón de seiscientos cincuenta y nueve páginas y narrado en tres voces. Me temblaban los pies y la cabeza me daba vueltas.
Cerré el libro y me levanté. Di vueltas por la sala. Soy un león enjaulado, pensé. Debo dormir para quitarme esta pesadez. El clima lo amerita. Recordé mi cama amplia, cubierta por un cobertor grueso. Sentí la suavidad de la cobija. ¡Puede ser! Me quedaría dormido al momento. ¿Y luego?
Despertaría a la media hora y podría retomar mi lectura. Sin embargo, más tarde no podría dormir. Llegado las ocho de la noche, que es cuando duermo, no conciliaría el sueño. Si eso pasara tampoco despertaría a las cinco de la mañana. Ello me pondría los nervios de punta y al día siguiente andaría tenso.
Fui a la cocina y preparé un café exprés. Lo bebí de dos tragos y me estrujé la cara para arrancarme el sueño y el cansancio. Preparé otro café y volví a la sala. Fue cuando reparé en el gorro que me diera Dulce Domínguez.
Semanas atrás, encontré a la maestra Alba Irene, mamá de Dulce, en la oficina de DHL. Yo iba por un paquete y ella por otro. ¡Qué sorpresa!, saludé recordando que Dulce publicó en Facebook uno de sus últimos viajes. Amo viajar, creo que decía la frase que acompañaba las imágenes del vuelo. Ella siempre le gusta viajar, pensé. A veces está en la ciudad y otras veces en alguna playa de la Riviera maya.
La maestra Alba Irene me contó que Dulce puso un salón de belleza. Cuando lo dijo, recordé que me faltaba una manita de gato. Corte de cabello, pedicura y manicura. Algunas cremas para ojeras y arrugas. Dieta para bajar la panza y una rutina de ejercicios. Con eso —pensé para mis adentros en tanto la maestra seguía diciendo que, además, Dulce se compró un automóvil—, me consigo una novia último modelo.
Un coche nuevo, resonó en mi cabeza. Dulce hasta podría prestarme el automóvil para invitar a mi futura novia a beber un café allá en el mirador de la ciudad. Y ahora está produciendo gorros, continuó la maestra. Imaginé esas gorras tipo las que usan los beisbolistas. Le compro una gorra de las que hace Dulce y se la regaló, seguí meditando en la futura novia.
Quiero una gorra, dije. Que diga Señor K porque pensé en usted y no en la novia. Una gorra para que se cubra la cabeza y las ideas estén calientitas. Le voy a decir que te lo haga, dijo la maestra y nos despedimos. Se subió a un Chevrolet deportivo azul. Es de Dulce, dijo cuando lo encendía. ¡Caray! Le preguntaré a Dulce qué hace para cambiar teléfono celular cada cierto tiempo, estrenar coche con la misma periodicidad e irse de viaje cada quince días.
Subí a mi coche y, mientras conducía, recordé a Dulce, cariñosa y sociable. Le gusta conocer a personas y hacerse una foto con ellas porque uno debe conservar a los amigos, además de en el corazón, también en fotos.
Una ocasión Dulce me dijo que deseaba aprender a hacer fotografías y que yo le enseñara. Te enseño lo que sé, que no es mucho, respondí. ¡Claro! El fin de semana siguiente nos fuimos a una cabaña que tiene por el rumbo de Trinitaria. Allí le expliqué cosas básicas de una cámara fotográfica. Dulce disparó de aquí para allá y, en adelante, siempre la vi con la cámara colgando de su cuello y con aquella sonrisa luminosa que la caracteriza.
A veces me escribe para preguntarme cómo estoy. Le digo que bien, aunque a ella no se le puede mentir. Ve más allá de los ojos y sabe con exactitud cómo estamos. Dulce es un angelito que cuida a la maestra Alba Irene y a todos sus amigos, incluyéndome. Lo digo porque cuando la abrazo, me recorre una energía maravillosa que dan ganas de quedarse ahí porque hay paz y quietud.
Por la tarde, Dulce me escribió. Me dijo mi mami que quieres un gorrito. Que diga Señor K, respondí. Bueno. Lo dejo a tu criterio, le dije. Sale, y nos despedimos.
Hace unos días me escribió y dijo que ya estaba el encargo. Fui a su casa y allí estaba mi gorro, no gorra como había pensado. Mientras lo miraba, no dejé de reír porque el gorrito era una maravilla. Tanto que decidí no enviárselo, señor K.
Cuando me lo puse, sentí un aura luminosa. Quiero una foto contigo, le dije. Espera, me arreglo el cabello. Luego de unos minutos, la maestra Alba Irene nos inmortalizó con esta maravillosa foto que le comparto.
Tomé el gorro y me lo puse. Al momento sentí paz y alegría infinitas. Ya no era necesario dormir porque el cansancio había desaparecido. Las manos poderosas de Dulce que estaban en el gorro me arrancaron el malestar.

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