Ornán Gómez

En las ramas de las benjaminas, los pájaros revoloteaban. Salí de casa por un asunto de trabajo y ahora estaba frente a la plaza limpia, resplandeciente. El follaje verde de los árboles se movía de aquí para allá, mientras yo miraba desde La michoacana. Meses atrás, allí compraba paletas de nanchi. Mientras comía goloso el hielo, miraba hacia donde está la iglesia San José con su estilo neogótico y que contrasta con el cielo azul. Ahora, meses después, estaba en la misma esquina, sin paleta de hielo y con cubrebocas.
Cruzando la calle, La esquina de Belisario tenía las puertas abiertas. ¡Qué gusto me dio! Son de los pocos cafés a los que voy. Con la pandemia —al igual que otros negocios—, cerró sus puertas. Adentro estaba mi amigo el encargado. Alto, grueso, de mirada atenta y amable. El café estaba vacío. Las sillas frente a las mesas dispuestas en líneas. Las planchas y máquinas de escribir antiguas que adornan el lugar seguían en el mismo lugar.
El aire frío me estremeció y me abroché la chamarra. Mientras lo hacía, sonreí. Una sonrisa que nacía desde el fondo de mi ser. ¡Qué bien se sentía estar en esa esquina, en el corazón de mi ciudad! Temblé de emoción. De la pura felicidad de estar ahí, mirando el verdor de los árboles estallando con la luz del sol. Más allá, los boleros miraban a la nada bajo el paragua amplio que los cubría del sol. Allí estaba mi amigo que daba grasa a mis zapatos. Miraba hacia al frente y a los lados. Es un felino cazando, pensé. En su rostro seguía ese aire de agradecimiento a la vida que siempre tiene. ¡Sigue ahí!, me dije y recordé que siempre que llegaba, me tendía un periódico que yo rechazaba. Ahora ya son pocos los que leen periódicos, dijo la última vez platiqué con él. Todos leen noticias en su teléfono.
Miraba de aquí para allá, como buscando algún cliente que quisiera bolear el calzado. ¡Qué alegría me dio verlo, señor K!
En las calles había pocas personas y todas tenían el rostro cubierto por una careta y cubrebocas. ¡Qué rápido cambia la vida! ¿Quién iba a pensar que, en cuestión de meses, la vida cambiaría en esta ciudad con ciento cincuenta y tres mil cuatrocientos cuarenta y ocho habitantes, según datos del INEGI del 2015?
En un principio, cuando supe que la pandemia se extendía en Wuhan, China, no hice mucho caso. Lo van a resolver, pensé. Luego, cuando empezaron a hablar de muertos, creí que no llegaría a México. Pero días después, la pandemia se extendió a otros países mediante personas que viajaron a China y los muertos fueron despojados de su historia y se convirtieron en datos que iban en aumento.
Veía a mis hijos y decía que las cosas no podrían resultar tan desastrosas. Que en México sería distinto. Que con nuestros cuidados daríamos una lección al mundo al contrarrestar la pandemia. Pero llegó a nuestro país y se extendió a los estados, municipios y comunidades. Y llegó a Chiapas a través de un chico que andaba en Milán, Italia. ¡Lo tenemos en observación!, anunció el secretario de salud.
Y mientras esto sucedía, las escuelas, negocios, parques, plazas comerciales, cerraron sus puertas. Habría que mantenernos en casa, sugirieron las autoridades. ¡Salgan sólo por comida!, decían los medios. Luego empezaron a informar sobre los muertos. Pero eso era en otros estados, señor K. Los chiapanecos daremos una lección al país, pensaba. Pero en abril se dio a conocer el primer muerto por COVID 19. Y el temor caló en muchos. Para mí un poco más porque el recién fallecido era originario de La Independencia, municipio cercano a Comitán.
Y empezaron los decesos en la ciudad. Uno, dos, tres, y la lista se hizo extensa. La pandemia había llegado y lo peor estaba por venir, pese a que días antes un grupo de religiosos se puso a caminar por las calles con un santo a cuestas. Querían que la pandemia no llegara. ¿Hasta dónde el temor nos mueve, Señor K? Pero el COVID 19 llegó sin tomar en cuenta los cantos y rezos de los feligreses.
Los medios informaban lo aterrador del virus en el cuerpo, y la lista de muertos se hacía más extensa. Amigos, conocidos, familiares de amigos y familiares empezaron a irse. La pandemia nos tenía cercado y los hospitales se saturaron.
Volví a sonreír al mirar el techo de las casas que resplandecían con el sol y luego miré con detenimiento las calles luminosas y los cafés. Se apagaron como se apaga una veladora en el interior de la iglesia Santo Domingo de esta ciudad, me dije pensando en los que se fueron, en tanto los árboles que se mecían al viento y la vida seguía corriendo como un arroyo de luz que se cuela por los resquicios del tiempo.
Sentí un estallido de alegría frente a esos edificios y casas que resguardaban el centro de la ciudad. Cuando empecé a caminar, me pregunté: ¿Qué viene ahora? Seguir viviendo, me respondí con una sonrisa en los labios.

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