La estrategia

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Por Ornán Gómez

eñor K, de niño me llevaron con una psicóloga porque pensaban que yo tenía muchos traumas. En la escuela, los profesores le decían a mamá que padecía deficiencias para aprender matemáticas y otras asignaturas. Le decían que no ponía atención. Que me distraía con rapidez. Y cuando al fin lograba poner un poquito de atención a las clases, preguntaba sobre algo que el profesor ya había explicado. Por eso, remataban, no veían ninguna aptitud sobresaliente en mí. Vaya, no es bueno ni para el deporte, decían con mirada de hiena. No hay manera de ayudarlo, señora.

Y mi madre, de baja estatura, caderas amplias, tez blanca, nariz pequeña, bajaba la mirada porque no soportaba que su hijo fuera un retrasado mental. ¿Qué había hecho para merecer esto? ¿Acaso casarse sin la autorización de sus padres era motivo suficiente para tener un hijo bueno para nada? ¿Acaso era un castigo del Supremo por salirse de casa de sus padres antes del matrimonio?

Después de la queja de los profesores, yo sabía que mi madre me dejaría las posaderas rojas por los cuerazos. Luego me castigaría impidiéndome salir a jugar a la calle, donde nos reuníamos los niños de la cuadra para jugar a las escondidas. Me pondría a lavar los trastos, barrer el piso de la casa y trapearlo. Y yo lo haría sin chistar, con tal de apaciguar su coraje.

Le cuento esto porque hace unos días, mi hijo, suspirando, me dijo que en la escuela le dejaban mucha tarea. Y que eso lo estresaba. Yo lo escuché y le acaricié la cabeza. No te apures, le dije. Yo te ayudo. Y si no sabemos las respuestas, las buscamos en internet. Ahora pienso que, si mi madre hubiera escuchado esa respuesta, seguro diría que de nada me sirvieron las sesiones con la psicóloga en aquellos días de mi niñez.

Pero le sigo contando.

Yo estaba en quinto grado cuando sucedió aquello. En esa edad ya empezaba a interesarme por las niñas más bonitas de la escuela, pero nunca me atreví a decirle que me gustaban. Además, también llamaban mi atención algunas maestras que llegaban a la escuela como servidoras sociales. Y sí, lo confieso, más de una vez me enamoré de ellas. Eso me hace pensar que mi hijo y yo tenemos mucho en común. Él, al igual que yo, ya empieza a fijarse en algunas niñas. La niña tal me gusta, dice en secreto. Y yo le agradezco la confianza.

En mi caso, mi padre se había marchado en busca de otros universos, y yo no tenía la suficiente confianza para decirle a mamá que me gustaban algunas niñas y profesoras. Seguro que ello hubiera sido el acabose del asunto. Quizá me hubiera enviado a algún internado religioso para que, a punta de oraciones y ayunos, me sacaran los demonios. Así que esa tarde, en casa, mi madre lloró desconsolada. Y mientras la miraba, sentí que mi corazón se hacía chiquito. No entendía por qué sufría tanto, si a mi manera yo era muy feliz. Jugaba. Reía. Hacía travesuras. Era rebelde como cualquier niño. Y, lo mas normal, la escuela no me gustaba. ¿Entonces por qué tanto circo por ello?

Seguro que los profesores se quejaban tomando en cuenta mi actitud comparada con la de los niños que se sentaban en primera fila. Y contra ellos no podíamos competir quienes nos sentábamos en las filas de atrás. Eran niños que llegaban con los zapatos limpios. Que no hablaban mientras el profesor lo hacía. Además, le llevaban manzanas u otra fruta. Eran niños que escribían todo lo que el profesor decía. No se reían con nosotros. No se dignaban a hablarnos, y menos se involucraban en nuestros juegos. Por eso los profesores los tomaban como modelos en las reuniones de padres de familia. En cambio, nosotros, quienes nos sentábamos en las filas de atrás, éramos niños que la escuela nos interesaba lo mismo que las matemáticas: ¡nada!

Así que mi madre, al día siguiente, me llevó a un consultorio limpiecito. Olía a flores y todo estaba ordenado. Una secretaria dijo que esperáramos, porque la doctora estaba ocupada. Y mientras esperábamos, sentí que mi mundo se derrumbaba. Si mis amigos se enteraban que estaba con una psicóloga, sería el hazme reír de todos. Sería la burla. Pero mi madre quería un hijo ejemplar. Uno normal como los niños de la primera fila en el salón de clases.

Minutos después, la puerta se abrió y apareció una mujer alta, morena y el cabello negro cayéndole por sus hombros breves. Lucía radiante. Pasen, dijo. Y yo me quedé con la boca abierta y con los ojos como platos. Salté de la silla y entré casi corriendo, para sorpresa de mi madre que me observó curiosa. Dentro, la doctora dijo que se quedaría sólo conmigo. Escucharla hizo que mi sangre se revolviera como rio revuelto. Sus ojos negros me taladraban con una mirada coqueta, pensé en aquellos años. Y sonreí feliz cuando mi madre salió de aquel espacio.

Apenas se fue, la doctora me hizo una caricia en la cabeza. Me dicen que tienes problemas, dijo. Y me invitó a recostarme en un sillón. Y mientras ella hablaba, no quité mi mirada de sus ojos negros. De sus manos con dedos delgados. De su cuerpo esbelto. ¿Extrañas a tu padre?, preguntó, pero no le puse atención. Estaba atento en sus dientes blancos y labios delgados. Dije que no, y luego que sí, porque si ella notaba que estaba bien, me daría de alta.

Ese día, la doctora dijo a mi madre que mi situación era complicada. Que yo debía llevar tratamiento que consistía en muchas sesiones. Debía verla dos veces por semana, dijo mientras mi madre casi lloraba, porque pensó que su hijo mayor estaba más loco que una cabra. Y en cierta medida tenía razón. ¿Que niño de diez años se enamoraba en la primera terapia de su psicóloga? Yo estaba feliz, pero debía mantener la mirada de loco ausente. Y así continué hasta que salimos de aquel consultorio.

Recuerdo que mientras mamá y yo volvíamos a casa, ella nunca dejó de hablarme de mi padre y sus errores. Y del esfuerzo que ella hacía para enviarme a la escuela, pero tampoco la escuché, porque estaba recordando a la doctora y su sonrisa. Desde ese día, la escuela dejó de interesarme del todo y, como es de esperar, los profesores me llenaron el cuaderno de reportes. Y estuvieron tentados a expulsarme. Sino lo hicieron fue porque mi madre les dijo que estaba en tratamiento psicológico. Y ellos, condescendientes los cabrones, disculpaban mi torpeza intelectual.

Lo que nunca supieron era que yo estaba siguiendo una estrategia: no permitir que la doctora me diera de alta. No lo entiendo, decía. Aquí, cuando platicamos, este niño es un ángel. Es incapaz de hacer cosas malas, le decía a mi madre. Y mientras ellas hablaban, yo sonreía malicioso.

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