CUENTOS DEPORTIVOS

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CRISTO EN PATINES

HOLA, QUERIDO “APASIONADO”, HEMOS LLEGADO AL MIÉRCOLES Y PARA ESTA OCASIÓN TE TENGO PREPARADO UNA NUEVA EDICIÓN DE “CUENTOS DEPORTIVOS”, CON EL RELATO DE ALGÚN “ESCRITOR PESO PESADO” DEDICADO AL “JUEGO DEL HOMBRE”, LA VASTA GAMA DE JUEGOS QUE TANTO NOS EXCITA Y APASIONA A LA HUMANIDAD.
¿CONOCE USTED A CHARLES BUKOWSKI?, ¿SABE USTED DE LA INMENSA OBRA DE ÉSTE QUE ES UNO DE LOS ESCRITORES DE CULTO Y DE MAYOR RECONOCIMIENTO DE LOS ESTADOS UNIDOS? SI SU RESPUESTA ES NO, DÉJEME INTRODUCIRLE AL GRANDIOSO CHARLES.
BUKOWSKI NO ES NINGÚN ACADÉMICO NI INTELECTUAL, DE HECHO ÉL DETESTARÍA QUE LE CONSIDERASEN COMO TAL…
EN TODO CASO A ÉL LE GUSTARÍA QUE LE CONSIDERASEN COMO UN “POETA DE LA CALLE”, EL LUGAR EN DONDE AFILÓ SU PLUMA, CON LA CUAL PLASMÓ EN PAPEL HISTORIAS INCREÍBLES DE ALCOHOLISMO, SEXO, PROSTITUTAS, MUJERES, VANDALISMO, TRABAJOS DETESTABLES, VIAJES SIN UN SOLO CENTAVO POR TODO ESTADOS UNIDOS… UN ESCRITOR VAGABUNDO O VAGABUNDO ESCRITOR DE LEYENDA.
DE INGENIO INAGOTABLE, SU OBRA FUE PUBLICADA PRINCIPALMENTE EN REVISTAS “UNDERGROUND”, YA QUE POR LO GENERAL SU PROSA ERA UNA AFRENTA PARA “LAS BUENAS FORMAS”, Y CONSTANTEMENTE SE ENFRENTABA A LA CENSURA.
POR MI PARTE, CONOCÍ AL GRAN BUKOWSKI GRACIAS A “OTRO PESO PESADO”, JOSÉ AGUSTÍN, QUIEN HACE REFERENCIA AL ESTADOUNIDENSE EN SU LIBRO “LA CONTRACULTURA EN MÉXICO”, COMO UN ESCRITOR CUYA LITERATURA REVOLUCIONÓ LA ÉPOCA Y DOTÓ A LA JUVENTUD DEL “VECINO DEL NORTE” DE SENTIMIENTOS DE REBELDÍA E INSUMISIÓN (TAL COMO LO HIZO EL ACAPULQUEÑO CON LA JUVENTUD MEXICANA).
A PARTIR DE ALLÍ, CONSUMI VARIOS DE SUS LIBROS, LOS CUALES , JUNTO A LOS DE JOSÉ AGUSTÍN, SON LOS QUE MÁS ABULTAN MI ADORADA COLECCIÓN… “LA SENDA DEL PERDEDOR”, “MUJERES”, “ERECCIONES, EYACULACIONES Y EXHIBICIONES”, “LA MÁQUINA DE FOLLAR”, Y “SE BUSCA UNA MUJER”… ESTE ÚLTIMO EN DONDE LEÍ EL CUENTO QUE PRESENTARÉ A CONTINUACIÓN.
EN “CRISTO EN PATINES”, BUKOWSKI NOS PRESENTA A LOS DUEÑOS DE LA LIGA MÁS IMPORTANTE DE JÓQUEY, QUIENES TOMAN DECISIONES EN UNA OFICINA DESVENCIJADA DE TAN SÓLO UN ESCRITOR, DOS SILLAS Y UN TELÉFONO; LOS DIRIGENTES HUMILLAN A UN JUGADOR POR HABER LESIONADO GRAVEMENTE A LA ESTRELLA DE OTRO EQUIPO, ¡PUES ELLOS SON LOS PROPIETARIOS DE TODOS LOS EQUIPOS, Y MÁS QUE DEPORTE ESTO ES UN ESPECTÁCULO!
EN LA ACALORADA DISCUSIÓN, EL PRESIDENTE DE LA LIGA AMENAZA AL SUSODICHO EN CUESTIÓN CON QUITARLE SU TRABAJO SI ES QUE NO ESCARMIENTA, INCLUSO LE PEGA UN DERECHAZO EN EL ROSTRO Y EL REGAÑADO, DE DOS METROS DE ESTATURA Y MUCHOS KILOS DE PESO, ABSORBE EL GOLPE DEL ANCIANO PATRÓN, QUEDÁNDOSE IMPOTENTE.
¿SERÁ QUE ESTO HA SUCEDIDO EN VERDAD, YA SEA LIGA DE JÓQUEY, BASQUET, FÚTBOL, O LO QUE SEA? … YO CREO QUE SÍ.
AUTORÍA: CHARLES BUKOWSKI.
Era una pequeña oficina en el tercer piso de un viejo edificio, no demasiado lejos del muelle. Joe Mason, presidente de Rollerwood, Inc., se sentó detrás del viejo escritorio que alquiló con la oficina. Estaba lleno de frases escritas en la superficie y en los bordes: <<Nacido para morir>>, <<Algunos hombres compran lo que a otros les cuesta la horca>>. <<Sopa de mierda>>. <<Odio al amor más de lo que amo el odio>>.

El vicepresidente, Clifford Underwood, se sentó en la única silla restante. Había un teléfono. La oficina olía a orina, pero el retrete estaba 10 metros más abajo. Había una ventana que daba al callejón, una gruesa ventana amarilla que dejaba pasar una luz sombría. Los dos hombres fumaban cigarrillos y esperaban.

– ¿A qué hora le dijiste? – preguntó Underwood.

– 9.30 – dijo Mason.

– Ya.

Esperaron. Pasaron ocho minutos. Cada uno encendió otro cigarrillo. Sonó un golpe en la puerta.

—Entra —dijo Mason. Era Monster Chonjacki, barbudo, dos metros veinte de altura y 180 kilos. Chonjacki apestaba. Empezó a llover. Se podía oír un camión de carga pasando por debajo la ventana. Eran realmente 24 camiones yendo hacia el Norte. Chonjacki seguía apestando. Era la estrella de los Yellowjacketts, uno de los mejores patinadores a ambos lados del Mississippi, a 25 metros a cada lado.

—Siéntate —dijo Mason.

—No hay sillas —dijo Chonjacki.

—Déjale la silla, Cliff.

El vicepresidente se levantó lentamente, dando toda la impresión de un hombre que va a tirarse un pedo, no lo hizo y fue a apoyarse contra la gruesa ventana amarilla, observando a la lluvia golpear en el cristal. Chonjacki se sentó, bajó la cabeza, cogió y se encendió un Pall Mall. Sin filtro. Mason se inclinó por encima del escritorio.

—Eres un ignorante hijo de puta.

—¡Eh, espere un momento!

—¿Quieres ser un héroe, eh, hijito? Te excitas cuando niñitas sin un solo pelo en sus coños corean tu nombre? ¿Te gustan los viejos rojo, azul y blanco? ¿Te gustan los helados de vainilla? ¿Sigues meneándote tu minga enana, gilipollas?

– Escuche, Mason…

– ¡Cállate! ¡Trescientos a la semana! ¡Trescientos a la semana te he estado dando! Cuando te encontré en ese bar ni siquiera tenías dinero para el siguiente trago… ¡Tenías almorranas y estabas viviendo a base de sopa de cabeza de cerdo y coles! ¡No sabías ni atarte un patín! ¡Te saqué de la nada, soplaculos, y puedo hundirte otra vez en la nada! ¡En lo que a ti concierne, yo soy Dios! ¡Y soy en Dios que no olvida tus estúpidas fallas de cabronazo!

Mason cerró los ojos y se echó hacia atrás en su butaca. Dio una calada a su cigarrillo; un poco de ceniza caliente le cayó en el labio inferior, pero estaba demasiado furioso para sentir algo o decir un taco. Simplemente dejo que la ceniza le quemara. Cuando la ceniza dejó de arder, él siguió con los ojos cerrados y escuchó la lluvia. Normalmente a él le gustaba escuchar la lluvia. Sobre todo cuando estaba a resguardo en algún sitio y el alquiler estaba pagado y no habia ninguna mujer volviéndole loco. Pero ese día la lluvia no le ayudaba. No solamente olía a Chonjacki, sino que lo sentía allí, delante de él. Chonjacki era peor que la diarrea. Chonjacki era peor que los cangrejos. Mason abrió los ojos, se incorporó y le miró. Dios, lo que un hombre tenía que aguantar para poder vivir.

– Nene -dijo dulcemente-, le rompiste dos costillas a Sonny Welborn la noche pasada. ¿Me oyes?

– Escuche… -Chonjacki empezó a decir.

– No una costilla. No, no una costilla solamente. Dos. Dos costillas. ¿Me oyes?

– Pero…

-¡Escucha, gilipollas! ¡Dos costillas! ¿Me oyes? ¿Me oyes?

– Le oigo.

Mason dejó su cigarrillo, se levantó de la butaca y caminó hacia la silla de Chonjacki. Se podría decir que Chonjacki tenía buena pinta. Se podría decir que era un chico guapo. Pero nunca se podría decir lo mismo de Mason. Mason era viejo. Cuarenta y cinco. Medio calvo. Hombros caídos. Divorciado. Cuatro hijos. Dos en la cárcel. Seguía lloviendo. Iba a llover casi dos días y tres noches. El río de Los Ángeles se excitaría y pretenderá ser un río.

– ¡Levántate! -dijo Mason.

Chonjacki se levantó. Cuando estuvo de pie, Mason le metió la izquierda en la tripa y cuando la cabeza de Chonjacki bajó, la enderezó con un gancho de derecha. Entonces se sintió un poco mejor. Era como una taza de Ovaltina en una mañana hielaculos de enero. Se fue andando hacia su butaca y volvió a sentarse. Esta vez no encendió un cigarrillo. Encendió su puro de 15 centavos. Encendió su puro de después del almuerzo antes de almorzar. Así de bien se sentía. Tensión. No podías dejar que esa mierda hiciera presa de ti. Su antiguo cuñado había muerto de una úlcera sangrante. Sólo porque no había sabido librarse de la tensión.
-Chonjacki se sentó. Mason le miró.
—Esto, nene, es un negocio, no un deporte. No creemos en gente que haga daño. ¿Me explico bien?
Chonjacki estaba allí sentado, escuchando la lluvia. Se preguntaba si su coche iba a arrancar. Siempre tenía problemas para arrancar su coche en días de lluvia. De todos modos, era un buen coche.
—Te he preguntado, nene, si me he expresado bien.
—Oh, sí, sí…
—Dos costillas partidas. Dos de las costillas de Sonny Wellborne partidas. Es nuestro mejor jugador.
—¡Espere! Él juega para los Vultures. ¿Cómo puede ser nuestro mejor jugador? Wellborne juega para los Vultures.
—¡Gilipollas! ¡Nosotros llevamos a los Vultures!
—¿Que llevan a los Vultures?
—Sí, lameculos. Y a los Angels y a los Coyotes y a los Cannibals, y a cualquier otro maldito equipo de la Liga, son todos de nuestra propiedad, todos esos chicos…
—Jesús…
—¡No, Jesús no; Jesús no tiene nada que ver con esto! Pero, espera, me has dado una idea, idiota.
Mason se dirigió hacia Underwood, que seguía mirando la lluvia por la ventana.
—Es algo que hay que pensar —le dijo.
—Uh —dijo Underwood.
—Deja de pensar en tu polla, Cliff, Piensa en esto.
—¿En qué?
—Cristo en patines. Tiene posibilidades ilimitadas.
—Sí. Sí. Podemos enfrentarle con el diablo.
—Eso es bueno. Sí, el diablo.
—Podemos incluso hacer algo con la Cruz.
—¿La Cruz? No, ya hay bastante tomate.
Mason se volvió hacia Chonjacki. Chonjacki seguía allí. Se sorprendió de verle. Si se hubiera encontrado con un mono allí sentado, se hubiera sorprendido menos. Mason había visto muchas cosas. Pero no era un mono, era Chonjacki. Deber, deber… todo por el alquiler, un pedazo ocasional de culo y un entierro en el campo. Los perros tienen pulgas, y los hombres problemas.
—Chonjacki —dijo—, por favor, déjame que te explique algo. ¿Me escuchas? ¿Eres capaz de escuchar?
—Estoy escuchando.
—Esto es un negocio. Trabajamos cinco noches a la semana. Salimos en televisión. Alimentamos familias. Pagamos impuestos. Votamos. Compramos papeletas de los jodidos policías como cualquier otro. Sufrimos dolor de muelas, insomnio, enfermedadesvenéreas. Nos gusta celebrar la Navidad y el Año Nuevo como todo el mundo. ¿Entiendes?
—Sí.
—Incluso, a veces, nos deprimimos. Somos humanos. Yo incluso, a veces me deprimo. Algunas veces me siento como si llorara en medio de la noche. Tan cierto como el infierno que me sentí llorar la pasada noche cuando le rompiste dos costillas a Wellborn…

—¡Me estaba puteando, señor Mason!
—Chonjacki, Wellborn no tocaría un pelo del codo izquierdo de tu abuela. Él lee a Sócrates, Robert Duncan y W.H. Auden. Ha estado en la Liga cinco años y no ha causado el suficiente daño físico para molestar siquiera a una vieja beata…
—Me estaba atacando, me acosaba, me estaba gritando…
—Oh, Cristo —dijo Mason, dulcemente. Puso su puro en el cenicero—. Hijo, no te lo he dicho. Somos una familia, una gran familia. No nos hacemos daño entre nosotros. Nos hemos conseguido la mejor audiencia subnormal de todos los deportes. Hemos reunido a la mayor masa de idiotas vivos que nos meten el dinero directamente en nuestros bolsillos. ¿Te das cuenta? Hemos sacado al clásico idiota de la lucha profesional, de Me gusta Lucy, y de George Putnam. Lo tenemos en nuestra manos, y no creemos en cualquier intento de maldad o violencia por parte de nuestros chicos. ¿Cierto, Cliff?
—Cierto —dijo Underwood.
– Vamos a hacerle una demostración.
– De acuerdo.
Mason se levantó de su escritorio y se fue hacia Underwood.
– Tú, hijo de puta -dijo-. Te voy a matar. Tu madre se traga sus propios pedos y tiene un conducto urinario sifilítico.
– Tu madre come mierda de gato vomitada -dijo Underwood.
Se fue desde la ventana hacia Mason. Mason pegó primero. Underwood rodó por encima del escritorio.
Mason le hizo una llave alrededor del cuello con el brazo izquierdo y le pegó en la cabeza con el puño y el antebrazo derechos.
– Las tetas de tu hermana le cuelgan por debajo del coño y se mojan en la orina cuando caga -le dijo Mason a Underwood. Underwood lo agarró del brazo de espaldas y lo volteó por encima de él. Mason rodó contra la pared y chocó estruendosamente. Entonces se levantó, fue hacia su escritorio, se sentó en la butaca, cogió su puro y le dio una chupada. Seguía lloviendo. Underwood volvió a apoyarse contra la ventana mirando las gotas de lluvia.
– Cuando un hombre trabaja cinco noches por semana no puede permitirse el lujo de ser lastimado. ¿Entiendes, Chonjacki?
– Sí, señor.
—Ahora, mira, chico, aquí tenemos una regla general, que es… ¿Estás Escuchando?
—Sí.
—…que es: Cuando alguien en la Liga hace daño a otro jugador, queda fuera del juego, fuera de la Liga; de hecho, desaparece como jugador, entra en la lista negra de cualquier torneo en América. Y puede que en Rusia y China y Polonia también. ¿Te metes esto en la cabeza?
—Sí.
—Ahora vamos a dejarte pasar esto porque hemos gastado mucho tiempo y dinero en fabricarte. Eres el Mark Spitz de nuestra Liga, pero podemos barrerte igual que ellos pueden barrerle a él, si no haces exactamente lo que te digamos.
—Sí, señor.

—Pero eso no quiere decir que te tumbes de espaldas. Tienes que actuar violentamente sin ser violento. ¿Te enteras? El truco del espejo, el conejo fuera del sombrero, el túnel lleno de boloña. Les encanta ser engañados. No saben la verdad, pero tampoco quieren saberla, les hace sentirse desgraciados. Nosotros les hacemos felices. Y conducimos coches nuevos y mandamos a nuestros hijos al colegio. ¿Cierto?

—Cierto.
—Está bien, lárgate echando leches de aquí.
Chonjacki se dispuso a marcharse.
—Y, chico…
—¿Sí?
—Date un baño de vez en cuando.
—¿Qué?
—Bueno, a lo mejor no es de eso. ¿Usas suficiente papel higiénico cuando te limpias el culo?
—No sé. ¿Cuánto es suficiente?
—¿No te lo dijo nunca tu madre?
—¿El qué?
—Te limpias hasta que no veas más mierda.
Chonjacki se quedó allí de pie, mirándole.
—De acuerdo, puedes irte ahora. Y, por favor, recuerda todo lo que te he dicho.

Chonjacki se fue. Underwood se acercó y se sentó en la silla vacía. Sacó su puro de 15 centavos de después de la comida y lo encendió. Los dos hombres se quedaron allí sentados cinco minutos sin decir nada. Entonces sonó el teléfono. Mason lo cogió.Escuchó, luego dijo:
-¿Oh, la tropa de Boy Scouts 763? ¿Cuántos? Claro, claro, bueno, los dejaremos a mitad de precio. El domingo por la noche. Reservaremos una sección. Claro, claro. Ah, está bien. -Colgó-. Gilipollas -dijó.
Underwood no contestó. Se quedaron sentados escuchando la lluvia. El humo de sus cigarros hacía dibujos caprichosos en el aire. Se quedaron allí sentados, fumando, escuchando la lluvia y mirando los dibujos del humo. El teléfono sonó de nuevo y Mason hizo una mueca. Underwood se levantó de su silla, se acercó y lo contestó. Era su turno.

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