Editorial Péndulo de Chiapas

Por primera vez en 20 años, ayer Afganistán amaneció sin fuerzas mili-tares estadunidenses en su territorio. Sin embargo, la retirada del ejército ocupante está lejos de significar la paz tan largamente anhelada por el pueblo afgano; por el contrario, deja tras de sí todos los problemas que ya asolaban al país en 2001, pero agudizados y profundizados hasta convertirse en una amenaza para la población local, las naciones limítrofes, Occidente y el mundo.
Pese a los 2 billones de dólares invertidos por Washington en la guerra más larga de su historia, ni su poderío militar ni su desgastada hegemonía geopolítica pudieron impedir que hoy gobierne nuevamente en Kabul un régimen oscurantista, intolerante y misógino, que en las semanas recientes ha dado escasas señales de haber renunciado a la ideología extremista y las prácticas bárbaras que le valieron la condena de la comunidad internacional en las postrimerías del siglo XX. Para colmo, el Talibán no ha logrado hacerse con el control total del territorio, por lo que es previsible que, a la brutalidad contra los derechos de las mujeres y las minorías, la pavorosa desarticulación económica, los retrocesos en materia educativa y cultural, la miseria y las carencias de todo tipo habrán de sumarse nuevas operaciones bélicas que exacerbarán los males anteriores.

Un factor adicional de conflicto es el renovado impulso al cultivo de la amapola –materia prima para la producción de opio, heroína y otros estupefacientes– y al narcotráfico que tuvo lugar durante la ocupación de Estados Unidos y sus aliados. Debe recordarse que, como parte de su agenda observancia estricta de la ley islámica, el Talibán se propuso la erradicación de este alcaloide y logró una enorme reducción de la superficie cultivada, excepto en aquellas zonas bajo control de la llamada Alianza del Norte, coalición opositora que fue clave en la invasión estadunidense de 2001.
Como resultado de los pactos políticos entre las fuerzas invasoras y sus aliados, así como de la miseria y la falta de oportunidades causadas por la guerra, la producción de heroína aumentó en mil por ciento en sólo tres años después del derrocamiento del régimen integrista, y hoy día Afganistán produce 84 por ciento de las existencias de este narcótico.

Por si lo anterior no fuera suficiente, los trágicos atentados de la semana pasada recordaron al mundo que la presencia de soldados y mercenarios occidentales catalizó un rencor que es terreno fértil para el crecimiento de grupos terroristas como Al Qaeda o el autodenominado Estado Islámico, los cuales mantienen posiciones más extremas que las del propio Talibán.

Así, la etapa abierta con lo que este último grupo ha llamado “día de la independencia” se presenta como un nuevo ciclo de violencia a inestabilidad en un país que únicamente tuvo una esperanza de modernidad y vigencia de los derechos humanos durante el periodo de la República Democrática surgida de la revolución de 1978, esperanza abortada por grupos islamistas radicales financiados y armados por Estados Unidos y otros países en el contexto de la guerra fría.
Lo más lamentable de la catástrofe afgana es que no constituye ninguna sorpresa, sino una tragedia anticipada por voces como la del fallecido periodista Robert Fisk desde que Washington decidió embarcarse en su enésima aventura imperial.

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