8 de marzo: por una marcha en paz

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Desde años recientes, el mundo ha asistido a la intensificación, fortalecimiento y expansión de los movimientos en defensa de los derechos de las mujeres. Hoy, el feminismo es un conjunto de corrientes globales que cada 8 de marzo pone sobre la mesa, mediante acciones que van desde los simposios y los performances hasta las manifestaciones masivas, los enormes agravios que las estructuras sociales, culturales, económicas y de poder siguen perpetrando, día tras día, hacia las mujeres.

Tales expresiones de exasperación social buscan visibilizar las desventajas y tragedias que enfrentan las personas del género femenino por el simple hecho de pertenecer a él, desde la discriminación política, laboral, cultural y deportiva hasta la misoginia expresada en actitudes ofensivas, gestos insultantes, palabras hirientes, malos tratos o agresiones físicas, que van desde los toqueteos a los golpes hasta el feminicidio.

Las acciones adquieren énfasis y consignas locales en función de las circunstancias particulares de cada país, y así como en Chile han puesto el acento en una represión gubernamental que, en el largo ciclo de protestas populares se ha encarnizado con particular crueldad contra las manifestantes, en México se ha enfocado, con justa razón, en las masivas violencias de género y en su intolerable saldo letal. Cada ataque sexual y cada feminicidio son indicativos, sin duda, de un fracaso nacional y también, con frecuencia, de un colapso en los sistemas de procuración e impartición de justicia, habida cuenta de la alta tasa de impunidad que sigue prevaleciendo en torno a esos delitos.

Por añadidura, este año las denuncias por agresiones sexuales contra figuras de la política y del espectáculo han atizado el descontento e incidido en la polarización partidaria previa a las elecciones. Esto, aunado al malestar que genera un discurso presidencial que no empata con el cartabón de la perspectiva de género, ha creado la percepción –aprovechada al máximo por la oposición política– de que las movilizaciones de hoy han de ser una muestra de rechazo al gobierno lopezobradorista. Voces adversas al actual Ejecutivo federal incluso han llegado a presentar la colocación de vallas metálicas alrededor de Palacio Nacional como gesto de hostilidad dirigido a quienes participen en las marchas y al feminismo en general. Sin embargo, las medidas preventivas adoptadas por el gobierno capitalino contrastan con las políticas represivas a que recurren los de otros países, o con la dura determinación de las autoridades españolas, que con el motivo de la pandemia, lisa y llanamente prohibieron las marchas conmemorativas de la fecha.

Es entendible la exasperación ante la lentitud o la ausencia de avances en la erradicación de la violencia de género, pero no sería legítimo ni útil llevar esa fundamentada irritación a agresiones contra las agentes del orden y otros empleados públicos, sedes institucionales, monumentos, mobiliario urbano o establecimientos comerciales. Por el contrario, ello podría traducirse en tragedias personales y desvirtuaría el espíritu de luchas que están, precisamente, contra la violencia. Lo deseable es que las movilizaciones de este día se traduzcan en una intensificación del diálogo entre las organizaciones y corrientes feministas y las autoridades, a fin de concebir y aplicar medidas que permitan una reducción efectiva y palpable de la hostilidad y la agresión que día a día padecen las mujeres.

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